
Los seres humanos son mágicos. Bios y logos. Palabras hechas carne, músculo y hueso animadas por la esperanza y el deseo, creencias materializadas en hechos, hechos que cristalizan nuestras realidades.
Sylvia Wynter, Ceremony.
Parte 1
En la primavera de 2020, Erin Christovale, asistente curatorial del Hammer Museum en Los Ángeles, me introdujo al texto de Sylvia Wynter, “No Humans Involved”: An Open Letter To My Colleagues, con motivo de la exhibición grupal No Humans Involved.1
En los días posteriores de haber finalizado la relectura de la carta abierta, los inner eyes que la autora evocaba a partir de Ralph Ellison en El hombre invisible… esos ojos con los que miramos con nuestros ojos físicos la realidad,2 me atravesaban.
Wynter nos pregunta, What is our responsibility for the making of those “inner eyes”? que hacen posible que la categoría N.H.I —“el desconocimiento del parentesco humano”3—, por ejemplo, sea utilizada por parte del sistema judicial público de Los Ángeles para clasificar a jóvenes negros como sujetos descartables y colocarlos “fuera del ‘universo santificado de la obligación.’”4
Las reflexiones e ideas que me acompañaron durante el proceso de co-creación — para la obra a presentarse en la exhibición— indagaban los inner eyes del colonialismo puertorriqueño. Imágenes del archivo personal de Las Nietas de Nonó, fragmentos de conversaciones, lecturas y vivencias se enlazaban a manera de profundizar en cómo la construcción de esos inner eyes había descartado a los jóvenes negros de nuestras comunidades.
En el verano de 2021, al fin —después de tantas conversaciones por teléfono— visité a mi primo, quien había terminado su sentencia recientemente, en 2019. Él estaba interesado en contribuir para esta exhibición, con la pieza que lleva el nombre de uno de sus tatuajes, No More Tears.5 Durante mi visita, reflexionamos sobre el tiempo que la cárcel nos había quitado. Él insistía en los detalles del último día en que yo lo había visto en la “libre comunidad”.6 Me recitaba, una y otra vez, detalles aleatorios que saltaban de su memoria: “el arroz con bistec, los coquíes cantando, unos muchachos jugando basket hasta tarde en una cancha sin postes de luz, etcétera, etcétera”, mientras yo, frustrado, no lograba recordar el último día que lo había visto en “la libre comunidad”.
Durante su “tiempo de la cárcel”, — que como describe Picó “…viene a ser otro tiempo, sin relación con el ‘tiempo de verdad’, porque la cárcel es ‘otro mundo’, un universo con tiempos y espacios propios, donde separadamente se vive una realidad que es sombra de la realidad exterior. ”7— comenzó a tatuar sus memorias. Cada tatuaje reafirmaba sus vivencias: nacimientos y fallecimientos, retratos familiares, mantras, proverbios y todos los detalles que pudieran desafíar la amenaza del olvido.
Mientras conversábamos, me era inevitable conectar nuestra cadencia caribeña —la forma en que movíamos las manos para describir los tatuajes, cuidando que ningún evento o dato quedase fuera del relato— con “…el origen del ser humano como especie híbrida, autoinstituyente y narradora: bios/mythoi.”8
Cuando comenzó a enrollarse la manga de su t-shirt para mostrarme su brazo —donde tenía tatuada la frase No More Tears—, yo ya me encontraba dentro de un rito de iniciación que me permitía expandir mi historia a través de sus palabras y, a su vez, dar nombre a memorias que aún no había logrado descifrar. No More Tears se acompañaba de dos palomas tatuadas en vuelo de libertad, ya casi desdibujadas por el tiempo de verdad. Con un gesto endeble— consecuencia del ocaso de tanta memoria evocada en la conversación— tracé una silueta que acariciaba el relieve de las palabras y las palomas. Su estilo narrativo me sugería pensar en dinámicas autopoiéticas.9No More Tears se lo había tatuado un pana de la penitenciaría. No More Tears, aunque sugiere una negación de un estado emocional profundo, no pretendía—según enfatizó— calcificar sus sentimientos. No More Tears era una expresión de desafío que, sugiero, estaba dirigida a esos inner eyes.
La tarde se hacía pesada, se nos notaba en los párpados. Propusimos un silencio breve para confortarnos y reorganizar nuestros pensamientos. Estábamos en un Honda del 1992, con un sistema de bocinas recién instalado, prometiendo Bum Bum!. La conversación se reanimó, rompiendo el aire seco que entraba por las puertas abiertas del carro: Que el tiempo no te haga a ti; tú necesitas hacer el tiempo, me recordó mientras manipulaba el equipo de música y lo preparaba para nuestra selección. Coincidimos en continuar la conversación incorporando algunas estéticas boricuas que desafían y denuncian the classificatory logic of our “inner eyes”.10 Le dimos play a Censurarme, deleitándonos con el bajo de las bocinas nuevas, llevándonos hasta El Negro Bembón de Cortijo.11
*No More Tears





